Cuando el dolor llama a mi puerta
¿Alguna vez has querido empezar una terapia para dejar de sentir lo que sientes?
Vivimos en un mundo que invita siempre a producir y avanzar constantemente, a recibir estímulos externos de manera continua, a mirar hacia afuera en vez de hacia adentro. Sin embargo, la pandemia a muchos de nosotros, nos casi que obligó a bajarle la velocidad a todo, detenernos (en muchos casos) y junto al aislamiento social no quedaba de otra que estar con uno mismo. De repente, empezamos a escuchar sin bulla de fondo lo que nos estaba pasando, algo así como escuchar el eco de nuestra voz en una habitación vacía y cerrada.
Llegamos a un punto donde nos dimos cuenta de la constante angustia con la que vivimos. Sentimos una presión en el pecho, los insomnios eran cada vez más recurrentes, teníamos la cabeza hecha un caos, no sabíamos qué hacer o hacia dónde ir. Notamos que algo no andaba bien, que todo esto que nos aquejaba iba tomando más fuerza y causando un gran malestar en nosotros.
Y ahora, ¿qué hacemos con todo esto?
Por un lado, un grupo de personas, quizás, recurra a tener más espacios de autocuidado realizando actividades deportivas o pasatiempos que le generen alivio frente al malestar que están sintiendo. Esto les puede permitir regularse y seguir con su día a día. Por otro lado, puede haber otro grupo de personas para quienes eso solo tenga un efecto momentáneo y su sentimiento de malestar persista.
Muchas personas llegan así a consulta. Después de haberlo intentado todo se dan cuenta que su malestar no cesa, lo que conlleva a una serie de dudas y angustias que se animan a compartir frente a un desconocido:
“No me quiero sentir así”
“Qué hago para ya no sentir todo este malestar”
Es importante entender que no hay fórmulas mágicas. Las emociones no son algo que se puedan prender o apagar como un interruptor. Seguramente, es algo nuevo a lo que nos enfrentaremos, por lo tanto puede causar desconcierto y asombro. Sin embargo, creemos que el poder transitar lo que sentimos puede calmar nuestro malestar, ya que a veces sucede que al conocer cómo uno se siente puede ir encontrando las respuestas de lo que quiere hacer o de lo que no.
No nos olvidemos que no se trata de dejar de sentir sino de hacer la experiencia mucho más liviana y de entender lo que nos pasa, lo cual se logra al sentirse acompañado en un lugar seguro. Se trata de que cuando el dolor llame a la puerta una próxima vez, no lo silenciemos o evitemos, sino que podamos hacerle pasar y preguntarle qué nos quiere decir.